Encabezando finalmente la puesta y oculto en memorias basálticas, un organillo ruin da por comenzada la pieza. Se corre a su vez el telón y la sombra de una efigie estilizada y decadente cubre la mitad de la escena. El sol existe aún, y es de atardecer desértico: de pie, su impiedad es característica del terrón amarillento y en su puesta se oyen sonidos propios y ajenos: O el amargo desafino de cuerdas metálicas, de hojas afinadas por las huellas del soplo nocturno, moviéndose por la pradera terrosa en sepia inerte; o el chillido a su vez agrio y remoto de un ser humano, al parecer un niño o aberración más monstruosa. Sale y precipita, se escabulle entre las rocas, se mueve de a pequeños roces con la vida; vivificando sus formas, las sombras sufren la derrota espacial y temporal. Fijan el contact en el niño, lo apabullen, se sueltan sus manos. Dentro se escuchan, si se presta atención, escenas de la vida cotidiana: entre otras, la preparación de un caldo aguachento y morboso; la práctica o construcción con maderas apiladas; el ronquido de su uso disforme. El organillo acompaña los berridos incompletos en la diversión del niño. Su correteo por la pradera, el jugueteo y la detonación remota: su amarillo se quiebra, como todo lo junto se apila en terrones bajo las aristas y costados del estéril. Espasmos, y su monstruosidad se arraiga en bulbos y protuberancias; en un desequilibrio cargado de hernia y muerte, su plastificación se hace visible. Sale una mujer de piel de lobo a su encuentro; a tropezones derriba el cuenco de agua estancada, trata de remover el polvo y la mugre con sus manazas bien apretando al pequeño germen. Maullidos da la bestia. El banjo oscurece a su vez los confines del universo: las manazas giran el cuerpo del nene. En su rotación animal se muestra a sí mismo víctima de una infección realmente turbia.
20 metros de alto las casas de roca basáltica. Son parte del desierto y del altiplano. A su tiempo debido, la sospecha se deja vencer: comienza la trayectoria de la puesta de sol.