amputamos su rostro,
así mujer-perdiz y todo
chasco
hocico sangrante aún recién truncado
desmochado
de su complemento inacabado
su órgano-corazón latente.
enterrando ambos cuerpos
‘como se supo’
bajo aluvión sucio
de arena revistiendo
en cada ventisca de noche marplatense.
revistiendo,
pequeños pies y panqueque de alabastro,
su órgano-corazón latente
dedo masculino so amputado
pequeña perdiz subyugante
sobresaliente
aquel marcador intenso
indecoroso
cubriendo arena plástica inhabitable.
luego me fui y estuvimos juntos.
cada silla de tu habitación fue un albergue de nuestros sexos
postergados
situados irremediablemente
en aquella posición final
de llegar al punto máximo del éxtasis
y tener un hijo
en la sierra o tu concha madrina.
sentí en tus primeras caricias y besos un mordisco.
pequeñito, en tus verdes y claros mirándome.
en tus verdes claros tibios y llanos.
perdida y amarga fe que en mí tenías,
de más está decir que no había más espacio para aquello
espacio que te molestó de mí que no te diera
te quise..
y no te pude seguir despachando el mostacho.
con el mío humedecido, el largo de mis pantalones alcanzando el largo de tus jeans
flanqueando
y abriendo de a poco tu cierre
para lamerte, pequeña perdiz, justo en el cierre, y debajo de aquello.
una lástima que no me dieras más posibilidades de lamerte
quizás hubiésemos podido haber llegado a un acuerdo
a revestir todo tan fácilmente.
darle rienda suelta a nuestras lenguas
y respectivamente
a nuestros sexos.
para acabar luego adentro tuyo.
así mujer-perdiz y todo
chasco
hocico sangrante aún recién truncado
desmochado
de su complemento inacabado
su órgano-corazón latente.
enterrando ambos cuerpos
‘como se supo’
bajo aluvión sucio
de arena revistiendo
en cada ventisca de noche marplatense.
revistiendo,
pequeños pies y panqueque de alabastro,
su órgano-corazón latente
dedo masculino so amputado
pequeña perdiz subyugante
sobresaliente
aquel marcador intenso
indecoroso
cubriendo arena plástica inhabitable.
luego me fui y estuvimos juntos.
cada silla de tu habitación fue un albergue de nuestros sexos
postergados
situados irremediablemente
en aquella posición final
de llegar al punto máximo del éxtasis
y tener un hijo
en la sierra o tu concha madrina.
sentí en tus primeras caricias y besos un mordisco.
pequeñito, en tus verdes y claros mirándome.
en tus verdes claros tibios y llanos.
perdida y amarga fe que en mí tenías,
de más está decir que no había más espacio para aquello
espacio que te molestó de mí que no te diera
te quise..
y no te pude seguir despachando el mostacho.
con el mío humedecido, el largo de mis pantalones alcanzando el largo de tus jeans
flanqueando
y abriendo de a poco tu cierre
para lamerte, pequeña perdiz, justo en el cierre, y debajo de aquello.
una lástima que no me dieras más posibilidades de lamerte
quizás hubiésemos podido haber llegado a un acuerdo
a revestir todo tan fácilmente.
darle rienda suelta a nuestras lenguas
y respectivamente
a nuestros sexos.
para acabar luego adentro tuyo.
en un susurro
mi preocupación diáfana.